27 dic 2010

Naif

Coqueteando con la somnolencia me sumerjo en un mundo de fantasías, quimeras e hiperasociatividad para encontrar algún tipo de inspiración en esta madrugada de un día cualquiera de semana.

Cuan placentero es abrir un libro nuevo, conducir un auto 0km, ponerse una prenda por primera vez, abrir el primer regalo, etc.

Lo nuevo, lo reciente y todos sus matices es lo que me convoca hoy a redactar esta breve reflexión. En consonancia con esto, la altura del año, las festividades, las vivencias y demás cuestiones son una apoyatura evidente e innegable.


 (…)


Noche calurosa de verano en el jardín de la casa de sus abuelos acompañado de toda su familia, Juan (6 años) se predispone a ese momento de éxtasis que implica abrir los regalos de Navidad.

Incrédulo aun sobre la verdad que se encuentra encubierta tras la figura de un hombre vestido de rojo y una barbar prominente, abraza la ilusión de un personaje mítico portador de felicidades materializadas en objetos.

En los minutos previos la ansiedad lo consume lentamente. 

Mira de modo atónito a sus mayores que, con una parsimonia envidiable, comen y charlan de diversas nimiedades. Se pregunta incesantemente: ¿Cómo no están desesperados por ver los regalos?

Como tantas otras situaciones de la vida, el tiempo parece transcurrir más lento en esos instantes previos al inicio de algo esperado o a la culminación de aquello indeseable.

Siendo las 23:50 contempla como su padre se levanta tranquilamente de la mesa y alude ir al baño. Recuerda vívidamente verlo vestido con una camisa blanca, un jean oscuro y unas zapatillas blancas con las que Juan solía jugar a “ser un papa” mientras usaba la ropa de su progenitor y su madre apenas lo retaba por dejar un desorden en el placard; al mismo tiempo que su padre disfrutaba de verlo interpretar ese personaje.

El reloj marca las 23:58 y nuestro personaje se ubica cual maratonista en una posición estratégica para emprender una carrera veloz hacia el árbol de navidad que está en el living. Considera más inteligente entrar por la cocina, doblar hacia su derecha, pasar el comedor, abrir la puerta que da al pequeño pasillo donde se encuentra el baño a la izquierda y seguir derecho, cruzar la arcada que desemboca en el living y lanzarse sobre los regalos en vez de esperar a todos los adultos con su andar cansado.

La hora: 23:59 “nunca un reloj anduvo tan lento” piensa. 

Decide contar los segundos para que no lo tomen por sorpresa. 1, 2, 3, 4… 35, 36, 37…. 48, 49, 50… 60!. En todo el barrio los fuegos artificiales empiezan a sonar con un estruendo incontrastable. Luces de artificio que iluminan el cielo y confunden el día con la noche hacen que todos los adultos de la mesa se levanten, brinden y se abracen.

Juan estaba tomando impulso cuando su madre lo obliga a brinda y saludar a cada miembro de la familia. 

Hay pocos momentos en los que un niño odia tanto a su madre como cuando ésta se interpone frente a él y sus 
regalos.

Tras un lapso no mayor a 5 minutos la impaciencia de Juan encuentra reparo en su abuela quien le dice a él y a sus primos: “vamos a ver qué les trajo Papá Noel!”.

Ese fue el momento clave, Juan corrió de una forma inexplicablemente veloz hacia el árbol del modo en que tenía planeado hacerlo: entró por la cocina, sobrevoló el comedor, abrió la puerta, la arcada y en el instante previo a saltar sobre un cumulo indescriptible de bolsas de regalos se congeló ante la presencia de un hombre alto, muy alto, con un atuendo rojo brillante con detalles en blanco y un sombrero de iguales características.

Créame lector si le digo que fue lo más cercano que Juan estuvo de la muerte en toda su temprana infancia.

Su corazón se detuvo, el sudor frio empezó a recorrer su cuerpo, miró el rostro del personaje en cuestión y lo vio recubierto de una barba blanca prominente y unos ojos sumamente comprensivos que, de todos modos, no lograban sacar al pequeño muchacho de una situación de estupor inconmensurable.

Entran los primos, los abuelos, toda la familia y exclaman “acá esta Papá Noel! No se fue todavía!”.

Este pseudo-Papá Noel saluda a todos los chicos con una voz grave que parecía robada de una caricatura, les regala caramelos y les recuerda a todos que tienen que seguir portándose bien si quieren recibir los regalos que esperan.

Tras emitir “su mandato” saluda a todos y le acaricia levemente el pelo a Juan, quien aun no sale de su asombro. 

Luego, da media vuelta y se va por la entrada principal de la casa; esa puerta que nunca se usa.

En ese preciso instante, Juan logra reponerse de su parálisis y observa un elemento que podría haber sido determinante en su vida. Tras esto emite un comentario hacia su madre que servirá de cierre para este relato: “mira mamá, Papá Noel usa las mismas zapatillas que papá”.

Su madre lo mira con un sonrisa que no merece ser aclarada y le dice “¿qué raro no? Ahora le contamos a papá cuando venga entonces. Anda a abrir tus regalos! Dale!”.

Juan no duda ni por un segundo en seguir las ordenes de su madre y se lanza como tenia pensado hacerlo sobre los regalos.


En el fondo, hay veces que uno elije no ver o no entender.
Creo que ese es el fundamento de la inocencia.