7 feb 2011

Mentores

Criado entre escasos referentes de cercanía cronológica, me sentí un adulto desde temprano. Roberto Arlt hablaba de “Los niños que nacieron viejos” y yo no podía evitar asustarme ante un pronóstico tan nefasto.

Algo adentro mío se conmovía cuando leía eso.

Mis mentores llegaron tarde pero llegaron.

De las formas y fuentes más variadas, pero llegaron.

Me volví un subversivo del pasado.

Por eso mismo trato de no recordarlo tanto.

Después de todo, creo que el mero hecho de pensar demasiado en el pasado es un acto que culmina en una mutilación del presente y el fluir constante del tiempo.


(…)


La mirada impávida sostenida ante un tal transeúnte devenido referente que hablaba incesantemente de esto y de aquello. De tal canción, de tal libro, de tal idea, de tal autor, de tal banda, de tal persona de su vida –que luego se convertirían en anécdotas propias o vínculos efímeros-, de tal suceso, de rostros desvelados, de ese chimento irrelevante, de aquel comentario sumamente libidinoso, de palabras lacerantes, instrucciones sobre lo oscuro de los vicios, recomendaciones, advertencias y amenazas.

En un primer momento no podía disimular mi inminente necesidad de escuchar eso que tan profano había sido para mí en mi temprana adolescencia.

Con el tiempo fui logrando cierta autonomía y un reconocimiento entre quienes me ilustraban. Un momento de éxtasis autorreferencial ineludible.

En el complemento de lo que me caracterizaba y lo adquirido, con el paso del tiempo y de muchísimas vivencias, me apropie de una sinceridad desprolija e irreverente.

Una reflexión un tanto egocéntrica debo admitir.

Quien sabe de mi antes de los últimos tiempos podría pensar en una imagen difícil de reconocer entre tanta 
nebulosa conceptual que merodea cada interminable desarrollo que trato de plasmar.

Pero está ahí.

Y hoy más que nunca se muestra tal como es, caprichosa, altanera, despreocupada y vestida con harapos –poco importa después de todo-, certera, convincente, hiperpotente y, más que nunca, transparente.

Quedarse pensando en el “qué hubiera pasado si…” equivale a una prótesis temporal que carece de sustento real.

Heme aquí, recostado en mi cama, en el más absoluto de los silencios donde me creo capaz de decir que estoy aprendiendo a disfrutar de cada momento.

De lo más nimio e insignificante hasta aquello tan sublime que por capricho y egoísmo no tengo intención de describir.

Hasta podría conjeturar que mi vida juguetea con la perfección. Sin entrar en pretensiones inalcanzables y utópicas, solo contemplando la máxima expresión de satisfacción que los momentos vividos permiten obtener.

No se puede pedir mucho más de un abrazo, de un beso, de una caricia, de un consejo, de un silencio, de un secreto. Es solo eso. Lo que es y nada mas.

Creo que ser quien soy y sentirme como me siento será una deuda permanente con mis mentores, con mis padres, con mi entorno.

O acaso el único medio de pago es ser leído y, en el mejor de los casos, comprendido y talvez hasta –sorpresivamente- secundado por esos lectores.