9 may 2011

Heridas

Temática interesante, y evocada en un viaje de colectivo para variar.


(…)


Cada uno es portador de numerosas heridas.
Y así como hay miles de heridas, hay miles de forma de llevarlas.

Hay quienes las llevan con orgullo, las muestran como insignias de superación; hay otros que las esconden temerosamente porque son la marca de momentos dolorosos; otros las ven con nostalgia de proezas heroicas; otros tantos las llevan y olvidan quién o qué hizo esa inscripción en el cuerpo; y así sucesivamente…

Por mi parte, cada herida, cada marca que tengo la llevo de un modo particular.

Tengo una herida en un pie que me lleva a mis 12 años, a una plena inocencia, en un viaje a Córdoba con mis compañeros del colegio.

Tuve una lesión en una muñeca cuando era bastante chico, que me dejó una marca que descubrí hace poco y me retrotrae a un verano en que fui –y me sentí- muy sobreprotegido.

Tengo ambos tobillos heridos después de innumerables sábados compartidos con amigos corriendo antiestéticamente tras un balón, sin cuestionarme jamás los fundamentos de un ritual tan banal como vital.

Tengo una marca totalmente intencional en mi gemelo que por siempre me va a recordar a mi familia y lo que es, fue y será importante.

Tengo ambas rodillas y codos con cicatrices de diversos deportes y de acrobacias fallidas que inevitablemente intentare repetir a pesar de todo.

Tengo una marca de nacimiento que cada vez que me detengo a observarla tengo un “no sé qué” de nostalgia que me invade y al mismo tiempo me hace sonreír.

Tengo una herida en la mano derecha, herencia de un viaje y una experiencia realizada hace ya tiempo, que sistemáticamente me recordará que se puede estar mejor.

Tengo una cicatriz en el corazón que, si bien supo curarse, voy a llevar conmigo con el mayor de los orgullos porque jamás podría olvidar aquello que viví.

Y por último, tengo una herida en el cerebro que hace que una y otra vez recorran los surcos de mi memoria los innumerables accidentes, golpes, experiencias, sucesos, desencuentros, amarguras, choques y contactos que me han llevado a ser quien soy.

Quisiera tomarme un minuto para volver a meditar sobre estas heridas, y sobre las innumerables futuras vivencias que van a marcarme y me servirán para poder crecer aun más.

4 may 2011

Hysteria

Me tome un mes sabático, recopilando frases y literalmente inmolando mi cabeza ante las obligaciones académicas.

Escribir ocupa un espacio nimio en mi actualidad plagada de novedades e incertidumbres. Pero al mismo tiempo es algo a lo que siempre me veo compelido en desmedro de mi falta de inspiración.

Podría decirse que es un intento de despertar del letargo literario que me tuvo capturado todo este tiempo.

Vuelvo a incurrir en una práctica un tanto transgresora para mí mismo. En el simple hecho de escribir sin revisar ni la mas mínima expresión, ni la más intrascendente puntuación.

Solo escribo, publico el producto y recién ahí lo leo. Todo un desafío para un obsesivo.


(…)


Hoy recibí un llamado telefónico de una persona a quien le tengo muchísimo aprecio y pude ser espectador de uno de los espectáculos más morbosamente vigentes de la actualidad.

La histeria –tomando un punto intermedio entre la clínica psiquiátrica y el lunfardo de todos los días- tiene por portadores a un sinfín de personas.

Cabe resaltar, para tomar distancia de ciertos aires de superioridad que irremediablemente serian falsos, que he sabido ser tanto victima como victimario de tan nefasto modus operandi vincular.

Inevitablemente me pregunto, ¿cuál es la necesidad de semejante escena? ¿de semejante posicionamiento? ¿de semejante drama? ¿de un nivel de problematización que trasciende las barreras de lo necesario?

Jamás, y repito, jamás habré de encontrar respuesta para estas interrogantes. He adoptado una posición un tanto indolente frente a esa idea.

Pero no encontrarle la respuesta no implica que no pueda cuestionarlo.

Mi actualidad me provee de ejemplos; mejor dicho, contraejemplos de lo que es la ausencia –o al menos una leve, levísima- de histeria.

Y he de decirles lectores, que no puedo redactar en palabras el regocijo que me produce lo impoluto, lo espontaneo, lo deliberadamente abierto que se vuelve cualquier vinculo que no se expone a la trama de esta afección tan vigente.

Me entristece, por otro lado, ver las innumerables filas de homúnculos que ansiosamente quieren participar de esta escenita barrial, de mujeres con ruleros, de hombres con costumbres rígidas, de pseudo-infidelidades, de celos virtuales, de potencialidades infinitas –tan infinitas que se vuelven irrealizables todas y cada una de ellas-.

El “ni”, la irrefrenable virtud de la ambigüedad, la expansiva posesividad, la necia certeza delirante. Podría seguir enumerando reminiscencias e invenciones que fácilmente encuadrarían en el arquetipo de la persona histérica.

O bien podría hacer algo mejor, recordar y reconocer que hay algo mejor ahí afuera; algo que todos –los que quieran- deberían buscar.


Así como se puede ser feliz sin Prozac, se puede ser feliz sin histeria.