Este es un relato construido enteramente en momentos de movimiento.
Quizás el desplazamiento de un punto a otro me aporta ideas, o me hace revolverme hostilmente contra lo que veo pasar ante mis ojos.
(Colectivo I)
Paso frente a una iglesia cerrada un día cualquiera a las 22hs.
Veo un hombre, un mendigo, arrodillado frente a las rejas mirando hacia el interior del, en ese momento, clausurado templo.
En simultáneo, dos hombres en el colectivo se muestran foros pornográficas en sus celulares.
Cabe aclarar que no pretendo la redención ni exhibo un exceso de pudor. Pero es incuestionable el contraste que se impone ante mis ojos; el crisol de existencias y las variantes mórbidas o nefastas que contemplamos todos los días en las calles.
No me olvido de lo bello y esos otros bálsamos que pueden rescatarse en las pintorescas imágenes que la ciudad ofrece; pero eso no es lo que me atañe hoy.
Sigo mi camino sobre el colectivo, escucho música y no puedo evocar otro sentimiento más que el asombro, el disfrute y la perplejidad de la polifonía. Debo admitir que a veces –solo a veces- me conformo con poco.
A mi lado, donde alguna vez compartí lugar con tantísimas otras personas –conocidas e intrascendentes- alguien come una cena apresurada.
Otra vida que corre y transcurre invariablemente.
Y así siguen…
(Colectivo II)
Otro día pasa, otro viaje en transporte público.
Un chico trata de subir una breve escalera. Camina ayudado por muletas. Las deja a un costado, se apoya contra el umbral y empuja la puerta. Todo totalmente solo.
Francamente hay momentos en que me repugna esta sociedad y la sensación de estar solos aun rodeados de semejantes.
Los consensos, acuerdos superficiales que restringen la libertad por momentos.
Las creencias dogmaticas alejadas de la posibilidad de cuestionamiento.
(Auto I)
Todos buscamos un orden superior de las cosas o una referencia pictográfica más atractiva o expuesta que las cotidianas.
Después de todo, en la sociedad actual, nadie puede discutir que el cuerpo se encuentra más expuesto que nunca.
Al mismo tiempo que, por momentos, la religión se ve eclipsada por el descreimiento –del cual me hago cargo por momentos- y la rigidez de sus propios conceptos y lineamientos.
Siempre buscando mas, deseando lo imposible, o al menos difícil de obtener.
(Colectivo III)
Me hago cargo de estar en contra del conformismo a ultranza, pero no puedo evitar llevarme la impresión de que la inmediatez no solo lleva a la voracidad del “querer más”; sino, a no disfrutar lo que ya se tiene.
Afortunadamente, no me siento parte –al menos no por completo- de esa cultura de la fugacidad.
No puedo dejar de sentir de un modo irónico este lugar que detento, de crítico abstemio de la acción y del cambio.
Tal vez el dogma me tiene atrapado o me resigno de modo indolente ante el laissez faire expansivo.
Y, aun así, y a pesar de todo lo dicho, pensado, escrito…
Necesito una utopía al igual que todos.