Ya di veinticuatro vueltas al sol, tejí un pasado, me vestí con un presente y pienso dejar todo atrás para el futuro.
Desbordado, sobredeterminado por la acústica más solemne, una canción que le da forma al camino.
Agarro un bolso y pongo adentro todo lo que no quiero olvidar:
La última lagrima derramada, la bufanda que me hizo mi abuela, el abrazo de un amigo, ese beso inolvidable, el aliento constante, las amistades sinceras, las mentiras blancas, las horas en la cama, los días de sol, las semanas oscuras, las risas, las noches en compañía, la confianza ganada, los libros leídos, los tiempos compartidos, los deseos cumplidos, las batallas perdidas, lo sublime escondido tras la epifanía de tus labios, algún souvenir, los gritos sin destinatario, las luces tenues, los delirios, las caricias recibidas, esa sonrisa que puede iluminar más que el sol, la foto de mi hermano de bebé, los consejos, mis monólogos, la soledad avasallante, las gotas de lluvia cayendo en la pileta, caminar sobre la arena, lo efímero, lo hermoso del recuerdo, mi imaginación hiperactiva, los clichés, deambular despreocupado, el agotamiento tanto físico como mental, mis zapatillas preferidas, mi música, mis frases de cabecera, algunas cosquillas, lo duradero, las charlas sinsentido…
Con todo eso al hombro empecé a caminar sin rumbo concreto; solo sabiendo que, tarde o temprano, iba a llegar a algún lado donde realmente quiero estar…
De un modo u otro, todos buscamos un sentido; yo solo estoy de paso…