4 may 2011

Hysteria

Me tome un mes sabático, recopilando frases y literalmente inmolando mi cabeza ante las obligaciones académicas.

Escribir ocupa un espacio nimio en mi actualidad plagada de novedades e incertidumbres. Pero al mismo tiempo es algo a lo que siempre me veo compelido en desmedro de mi falta de inspiración.

Podría decirse que es un intento de despertar del letargo literario que me tuvo capturado todo este tiempo.

Vuelvo a incurrir en una práctica un tanto transgresora para mí mismo. En el simple hecho de escribir sin revisar ni la mas mínima expresión, ni la más intrascendente puntuación.

Solo escribo, publico el producto y recién ahí lo leo. Todo un desafío para un obsesivo.


(…)


Hoy recibí un llamado telefónico de una persona a quien le tengo muchísimo aprecio y pude ser espectador de uno de los espectáculos más morbosamente vigentes de la actualidad.

La histeria –tomando un punto intermedio entre la clínica psiquiátrica y el lunfardo de todos los días- tiene por portadores a un sinfín de personas.

Cabe resaltar, para tomar distancia de ciertos aires de superioridad que irremediablemente serian falsos, que he sabido ser tanto victima como victimario de tan nefasto modus operandi vincular.

Inevitablemente me pregunto, ¿cuál es la necesidad de semejante escena? ¿de semejante posicionamiento? ¿de semejante drama? ¿de un nivel de problematización que trasciende las barreras de lo necesario?

Jamás, y repito, jamás habré de encontrar respuesta para estas interrogantes. He adoptado una posición un tanto indolente frente a esa idea.

Pero no encontrarle la respuesta no implica que no pueda cuestionarlo.

Mi actualidad me provee de ejemplos; mejor dicho, contraejemplos de lo que es la ausencia –o al menos una leve, levísima- de histeria.

Y he de decirles lectores, que no puedo redactar en palabras el regocijo que me produce lo impoluto, lo espontaneo, lo deliberadamente abierto que se vuelve cualquier vinculo que no se expone a la trama de esta afección tan vigente.

Me entristece, por otro lado, ver las innumerables filas de homúnculos que ansiosamente quieren participar de esta escenita barrial, de mujeres con ruleros, de hombres con costumbres rígidas, de pseudo-infidelidades, de celos virtuales, de potencialidades infinitas –tan infinitas que se vuelven irrealizables todas y cada una de ellas-.

El “ni”, la irrefrenable virtud de la ambigüedad, la expansiva posesividad, la necia certeza delirante. Podría seguir enumerando reminiscencias e invenciones que fácilmente encuadrarían en el arquetipo de la persona histérica.

O bien podría hacer algo mejor, recordar y reconocer que hay algo mejor ahí afuera; algo que todos –los que quieran- deberían buscar.


Así como se puede ser feliz sin Prozac, se puede ser feliz sin histeria.