“Dos monedas en los ojos; un ramo de flores; algunas lágrimas; una caminata silenciosa; la balsa; el secreto; el juicio; la condena; y así te fuiste… al menos eso pensaba”
Espontáneamente brotó en mí ese breve collage tan tétrico, que me recordaba a la imagen de un verdugo del medioevo.
Me levanto en forma abrupta, sigo en el colectivo yendo hacia algún lado con el sol asomando tímidamente entre las nubes.
Suena mi teléfono, algún aviso, algún derrumbe, una brisa, nimiedades. Sea lo que fuere, no quiero saberlo. No me siento preparado para salir de mi perplejidad.
En mi afán de saber el “porque” de muchas cosas, me sumerjo en mis palabras. Solo puedo pensar en la muerte, dejar ir algo, creer que se llega al final de una carrera, al mensaje en una piedra, a la persistencia en la memoria.
¿Cómo se hace para olvidar? Quien seria dichoso de poder elegir voluntariamente el momento en que algo se desvanece en los registros del pasado.
Envidio al que se conforma con caricias, con aromas tenues, con frases de boutique, poemas de kiosco, o una somera alegoría de ternura que jamás perdió su revés de cliché.
En todo este pensamiento se hace evidente la necesidad de delegar en el tiempo y en el “seguir adelante”.
No creo en el duelo como el sinónimo del olvido.
Creo que pasar por el proceso de duelo es despojar de algo a aquello que se perdió.
Entonces el tiempo nos permitiría hacer una suerte de olvido selectivo en donde entiendo que jamás algo se pierde por completo.
Y el “seguir adelante” no es más que eso; y bajo ningún punto supone una superposición de vivencias o algo por el estilo.
Por un lado es algo positivo, se rescata la unicidad al mismo tiempo que le melancolía se vuelve muy factible.
Tantos cuestionamientos por mi disconformidad con lo efímero.