Escribo al son de la música como hace tiempo no lograba hacerlo.
Ya no escribo sobre melancolías y epopeyas depresógenas, la acústica cinematográfica italiana de los 60 y 70 me transporta a páramos indiscernibles en conceptos simples como lo bello y lo pacifico.
Cuan irónica es la sonrisa que acompaña a la ambigüedad y coexistencia caótica de sentimientos.
(…)
Mi enemigo, el del espejo, no me deja respirar.
Me sofoca ante la primera pregunta de su incesante interrogatorio.
Atenta contra la tenue paz que se apoya sobre pilares endebles.
Al mismo tiempo me cobija, me acompaña.
Es la sombra de mi sombra.
Sentir su calor solo es comparable con lo cálido del sol primaveral.
Nunca vacila, solo se mueve hacia un lado o hacia el otro siguiendo el movimiento del aire que lo rodea.
Se condensa el azar con la causalidad en un todo imperturbable.
Sabe ser el fundamento etiológico y el germen autodestructivo que todos portamos desde el día en que nacemos.
Aborrece la humildad y se vuelve severo contra la arrogancia.
Ama con locura.
Y odia de un modo atroz.
Tan mesurado como irreverente.
Solo sabe de sus verdades.
El resto son consensos, imposiciones y vaguedades.
Paradoja de quien es tanto enemigo como aliado en el sendero que he elegido.