Tras meses de ausencia vuelvo frente al teclado a producir algo con algún fin un tanto incierto.
(…)
Últimamente me encontré con una faceta mía que francamente quisiera perder antes que volver a encontrar.
No estoy confundido pues ya no hay epidemia de recuerdos ni lágrimas sobre el reloj.
Pero algo dentro de mí boicoteaba la pantagruélica posibilidad de ser feliz con la que alegremente estaba conviviendo.
Sinceramente fueron momentos en que he extrañado la soledad. Aquel sinónimo de una impunidad inminente; donde la noche purgaba el amor, lo efímero era el único correlato de existencia y lo banal era el valor de verdad vigente.
Falta de sinceridad, vivencias trastocadas por interpretaciones fantasiosas, pantomimas teatrales que culminaban en tristezas y resquemores.
Todo eso y un poco más.
Habiendo transitado este impasse emocional y mental preferiría comenzar el año ponderando ciertas cuestiones netamente relevantes por sobre toda esa triste caricatura de “realidad”.
De modo que, para no traicionar a mi habitual narrativa, pienso enumerar del modo más aleatorio posible aquellas cuestiones que uno no debe olvidar de modo tal que pueda mantenerse el mayor tiempo posible en este sendero sinuoso que intento llamar equilibrio psíquico.
Aquí mismo me veo precisado a hacer una aclaración más que valida: Si es verdad que quien escribe tiene licencias; mas licenciado esta quien me lea para tomar de mis palabras el mensaje que se le antoje.
Empecemos:
Por mas esfuerzo que uno haga, son escazas las dificultades vinculares que se solucionan en soledad.
Hablar, asociar, equivocarse, exponerse, ofuscarse, asustarse y llorar son situaciones perfectamente posibles y, más aun, necesarias.
Los amigos fueron, son y serán la segunda familia, los pilares sobre los cuales uno siempre debería apoyarse al mismo tiempo que se ofrece a sí mismo en calidad de tal y mantiene esa reciprocidad que los hace amigos.
No hay deuda imposible de pagar, de ninguna índole. Solo hay demoras y desavenencias que complican los plazos y carcomen la paciencia.
La familia, si bien son un vínculo sanguíneo, no es imprescindible. Llega un punto en la vida en que uno realmente tiene derecho a elegir.
La sinceridad, esa terrible sinceridad de la que habla Arlt, es una herramienta que, manejada con prudencia, abre muchas puertas.
Los lugares, los reconocimientos, las oportunidades y los eventos, en su mayoría, son generados por uno mismo y no por el ya trillado destino.
Nunca hay que dejar de cultivar el intelecto, leer, pensar, debatir, etcétera.
Estar bien acompañado durante diez minutos vale muchísimo más que una velada llena de libretos y risas fingidas.
La simpleza de un abrazo perpetrada por una persona significativa puede significar mucho.
La noche fue, es y será el maquillaje más hermoso de todos.
Las marcas en el cuerpo son la parte más visible de nuestra biografía.
A veces, hay que tratar de ser más simple al hablar y tomar distancia de la defensa que supone la pomposidad y la verborragia lingüística.
Jamás hay que perder oportunidad alguna para recordarle a quien sea que uno quiere, aquello que siente por esa persona. No lo digo para evitar escribirlo en un obituario, sino porque realmente reconforta saberse querido y apreciado. De idéntico modo uno debería hacerlo para con los demás.
Creo que es suficiente por hoy puesto que mi lista podría ser casi interminable.
De este modo me retiro y tal vez otro día vuelva con experiencias renovadas y reflexiones más profundas para relatar.