20 dic 2010

Nómades

Hace bastante que no me sentía con la necesidad de escribir que tengo en estos últimos días. Hay algo por decir aunque no lo tengo en claro; de modo tal que voy a dejar que mi teclado hable por mí.

Muchas veces me pregunto para quién o para qué escribo; de un sobreanalizado remitente a un difuso destinatario.

Aunque, en el fondo, creo que esto es solo un modo de disminuir o disimular la entropía mental con la que tengo que lidiar día a día; cubriendo mi cuota de soledad y reflexión necesaria.


(…)

Imagino un espacio vacío, un lugar infinito del más puro blanco que borra las fronteras.

En el centro –o donde sea-, un hombre de una temprana adultez vestido solo con un pantalón de jean gastado.

Ese pantalón se evidencia como el vestigio de lo único que lo mantiene civilizado y alejado de lo inminentemente animal. Después de todo, no se puede negar que hay algo salvaje (o al menos animal) en la desnudez humana.

Eso salvaje es retenido en esta ominosa y serena situación que describo.

Piernas cruzadas, ojos cerrados, brazos relajados y manos apoyadas sobre las rodillas.

El más absoluto y exasperante de los silencios sirve de contexto; conjugado con una suave brisa que cobija su cuerpo.

Reitero y aclaro, no existe un sonido por fuera de su respiración.

El tiempo transcurre inmutado.

Algo más es parte de esta escena: una suerte de cubo de cristal que flota fijo a unos escasos metros de este hombre. Gira lentamente sobre su eje imaginario como un exhibidor en una joyería.

Todo tiene un sentido, un curso, una calma que lo vuelve imperturbable, incuestionable, absoluto.

De forma para nada caprichosa me reservé un detalle vital: dentro de ese cubo hay una muchacha dormida.

Una muchacha de la más solemne belleza, de esas que atormentan a quien las ve pasar inocentemente y se cuestionan de forma incesante cómo la dejaron ir sin hacer nada.

El lector se la puede imaginar del modo que prefiera, no hay posibilidad de describir algo tan bello en verdad; aun no fue escrito el término que albergue tanta delicadeza, tanta magnificencia.

Peor aún, no tiene sentido intentar definir eso tan sublime que reside dentro del cubo de cristal.

Como dije antes, no hay forma de saber cuánto tiempo pasó. Los segundos pueden volverse meses entre tanta indeterminación.

De un momento a otro, un avatar infame del destino hace de este pintoresco escenario una suerte de masacre existencial.

¿Cuándo sucedió? ¿Qué llevo a esto?

Imposible responder.

De un momento a otro, ambos –la muchacha del cubo de cristal y el muchacho meditabundo- abren sus ojos de un modo repentino.

Acto seguido, un grito, un estridente y penetrante agudo desborda todo cuanto fue construido.

El muchacho se pone de pie y contempla el cubo con una expresión de perplejidad en su rostro. Aun no sabe cómo actuar, ni siquiera sabe cómo sentirse al respecto del novedoso evento.

En cuestión de segundos el cristal estalla en fragmentos sumamente ínfimos. Ante el ojo incauto, se podría pensar que había comenzado a nevar.

En ese instante se vieron de pie uno frente al otro, cara a cara. Los cristales reproducían la danza de la brisa en el aire mientras ellos se contemplaban sin decir una palabra.

Tras un breve lapso, ella dice: “yo no soy yo”.

Y él replica: “perdón”.

Ambos dan media vuelta y caminan hacia el infinito en direcciones opuestas sin agregar una palabra. Cualquier otro comentario hubiera sido un exceso.

Así emprendieron sus respectivos caminos; esperando que algún día sus senderos se puedan encontrar.

Son nómades nada más.

1 comentario:

  1. Me encanto... no me voy a explayar diciendote todo lo que me gusto porque no soy buena redactando como vos...
    Gisela

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