Que desconsiderado de mi parte el olvidar el aniversario del blog.
Vengo hace semanas considerando cosas para escribir y, justamente el dia en que debería haberlo hecho, lo olvido por completo.
Solo me restan 30 minutos antes de que se complete el primer año de este espacio, así que supongo que tendré que ser veloz.
Son innumerables las cosas que no llegué a publicar por diversos motivos. Asimismo, solo pocas de las publicadas realmente son tan especiales para mi como para ser recordadas. De todas esas voy a reescribir una que creo que supo ser bastante significativa.
(…)
Un cuarto de siglo ya transcurrió y como en tantas otras oportunidades me encuentro envuelto entre las sabanas mirando fijamente el techo, escribiendo sin prestar atención a la pantalla y sin percibir el más ínfimo ruido en este suntuoso silencio.
En tan solo un año han cambiado muchas, muchísimas cosas.
Todo lo que recorrí antes con ese bolso plagado de fragmentos de mi vida ha sido fructífero de sobremanera y, bajo esta misma premisa, es un momento ideal como para vaciar el contenido y llenarlo nuevamente.
Obvio que hay cosas que siempre van a quedar, pero en este texto relámpago creo que voy a poder agregar otras tantas nuevas.
Así que me dispongo nuevamente a tomar el bolso y poner en el todo aquello que no estoy dispuesto a olvidar jamás:
Algunos souvenirs y recuerdos de orígenes diversos, algunos discos y canciones, las risas fraternales, alguna amistad penosamente perdida, mis prendas preferidas, la foto de mi hermano de bebé, mis palabras, las caricias, mis disfraces, la virgen en mi repisa –uno de mis últimos vestigios de catolicismo quizás- que me recuerda a una persona a quien supe apreciar mucho y dudo que alguna vez pueda olvidar el día que se fue, algunas líneas de película, cierta ciclotimia irrespetuosa y conflictiva, mi angustia agobiante que esporádicamente atenta contra mí, mi tatuaje, el ritual de todos mis sábados por la tarde, algunos correos electrónicos, mi título de licenciado en psicología, las fotos del día de mi recibimiento, la inconmensurable felicidad que acompañó ese momento, ciertas ausencias, otras presencias veladas, las sorpresas, mi última orgia etílica, varios delirios, mi temor a la locura, mi dificultad para volver a expresar algunos sentimientos, un anillo que me regaló mi hermano, los amigos que han sabido serlo, mis padres que aun plagados de defectos hicieron y hacen lo mejor que pueden en todo momento, las lagrimas que me gustaría derramar en algún momento, “Cien años de soledad”, cierta megalomanía burlona, el respeto obtenido, los reconocimientos, las apuestas a futuro, la convicción irrefrenable de que me rodea la gente que quiero conmigo, lo hiperpotente de las amistades sinceras, sentirme querido por quien soy, mi facilidad para el ridículo, mi estética, mi ética, algunos ideales, otras tantas perversiones, caprichos, una botella de whisky que un gran amigo me regaló hace tiempo y se resiste a ser abierta sino hasta el momento indicado, las horas y días de autoanálisis y reflexión, la irónica tristeza que me genera el saber que nada de lo que escriba llegaría a satisfacer mi objetivo literario, todas mis cicatrices, todos mis defectos, las peleas, los disgustos, los fracasos, los rumores, las traiciones, la bufanda que me hizo mi abuela, los besos recopilados, los gritos, la violencia, la calma, el silencio, los susurros, las charlas de café, algunos de los textos que escribí, el abrazo de un amigo a quien extraño mucho por más banal que parezca todo, el argot de la palabra amor, las caricias nuevas, las antiguas, el dormir acompañado, mis frases espontaneas que se diluyen con el fluir de los segundos, el comercio con la noche, la manipulación, la histeria, la cercanía con la perfección que se preserva puntillosamente lejana de la pretenciosa pulcritud y se asemeja más a lo concreto y alcanzable.
Y no podría jamás terminar de escribir y describir este listado. Mejor me voy a la cama medianamente satisfecho con esta producción y a la espera de otro año que transite sin ser siempre pensado.
Gracias a todo aquel que alguna vez, por acierto o por error leyó mis palabras.
Para todo hay un principio y un final; y en el medio una razón por la cual fingir.
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